12 años de la primera y única ascensión canaria al Everest por Juan Diego Amador (Profesor de Enseñanza Secundaria)

amador

Campo Base del Everest (5.300m.). 19 de mayo de 2004.

La Expedición Canarias-Everest corona la cumbre más alta del Planeta. De la mano del tinerfeño Juan Diego Amador y el grancanario Javier Cruz, el deporte canario suma una nueva hazaña, coronar la cumbre del EVEREST (8.848m.) . Con esta nueva gesta Juan Diego suma su tercera cumbre superior a 8.000 m., tres ochomiles de tres intentos, algo que pocos han logrado. Esperemos que esta pareja de alpinistas siga sumando éxitos para Canarias.

“El ultimo paso depende del primero”. Nuestro primer paso lo dimos el 14 de septiembre del 2003, día del Cristo de La Laguna. Jorge y yo habíamos quedado para cenar unas arepas en la Plaza del Cristo. Mientras comimos, le comenté que hacía días que me rondaba por la cabeza una idea que nos llevaría muchos meses de compromiso. No tenía del todo claro comentarle que se trataba de organizar una expedición al EVEREST, pues conociendo la jiribilla de mi amigo, sabía que después de comentárselo no habría vuelta atrás. Con el sí de Jorge por delante llamé a Javi, su respuesta fue: “hace semanas que pensaba en hacerte la misma propuesta”. Al día siguiente nos pusimos a trabajar en el Proyecto Canarias-Everest.

Casualmente, nueve meses más tarde, el 14 de mayo del 2004, Javier Cruz y yo iniciábamos nuestro intento a la cumbre. A las seis de la mañana empezaba nuestro particular parto. Desayunamos algo ligero y a las siete ya estábamos ascendiendo por la Cascada de Hielo. Concentrados, pensábamos en lo que significaban aquellos momentos y desde el comienzo hablamos menos de lo normal.

Ascendimos lentamente, intentando reservar fuerzas para el tramo final, por encima de los 8.000 metros. Dormimos en el Campo 2 y el día 15 ascendimos al Campo 3. Los nervios y la altitud cerraron nuestro estomago y apenas pudimos cenar una sopa, pero confiábamos en que el descanso de los días anteriores hubiera sido suficiente para soportar tres días sólo ingiriendo líquido.

El día 16 empezaba nuestro primer gran reto, superar las bandas amarillas y llegar al Campo 4 (8.000m.) lo antes posible para descansar hasta las 21:00 horas, momento en el que habíamos decidido salir camino a la cumbre.

Una vez que pasamos las Bandas Amarillas (7.600m.) y tras dejar atrás una rampa de nieve, nos adentramos en el Espolón de los Ginebrinos, un resalte rocoso en el que hay que aplicarse a fondo. Durante 300 metros de subida se alternan tramos de roca con tramos de hielo. Al final nos esperaba el legendario Collado Sur (campo 4), escenario dónde se han desarrollado épicas historias de alpinismo. A las 16:00 horas entrábamos en nuestra tienda, quedaban cinco horas para recuperar fuerzas e hidratar.

Antes de que se hiciera de noche estudiamos la ruta de ascensión. Desde abajo, nos impresionó la inclinación de las primeras rampas, pues por imágenes que habíamos visto esperábamos que fueran de menor pendiente. Tomamos la dirección de la ruta respecto al norte, pues desde el valle ascendían nubes que aconsejaban estar preparados para progresar con niebla espesa.

A las 20:30, Javi, Mingma Sherpa y yo salimos de la tienda y piolet en mano nos dirigimos hacia la ruta; una decena de alpinistas clavaba sus crampones por encima de nosotros, lo que nos ralentizo algo el paso.

Sobre las 22:00 horas perdimos el contacto visual, Javi ascendía algo más lento, pero no me preocupé, pues durante toda la expedición llevamos ritmos distintos. Al llegar al Balcón (8.500m.) intenté avistarlo, pero otra decena de alpinistas ascendían por detrás y la noche oscura no me dejaba distinguirlo. El frío había hecho estragos en las baterías de nuestras emisoras y fue imposible establecer ningún tipo de comunicación.

Decidí seguir ascendiendo convencido de que mi compañero de cordada venía por detrás. Nos enfrentábamos a uno de los peores momentos de la ascensión, las bajas temperaturas de la madrugada. A las 3:00 horas, ya del día 17, el termómetro marcó los –30ºC que comenzaron a ascender al amanecer.

Sobre las 4:30 una franja naranja recortada por la cumbre de algunas montañas apareció en el horizonte. A la vez, algunos destellos nos sorprendían sobre el Tibet, una tormenta recorría el altiplano pero afortunadamente se alejaba hacia el norte. Aún así, Mingma me advirtió con un “weather no good” (mal tiempo). Y como es lógico no estaba equivocado, sobre las 6:00 de la mañana el cielo adquirió un color gris plomizo y comenzó a soplar un viento gélido. Por momentos pensé en darme la vuelta.

Llegamos a la cima sur pasadas las 7:00 de la mañana. A partir de este punto queda por superar el “Hillary Step”, un resalte rocoso que conduce directamente a las últimas rampas de nieve. Normalmente, una vez superado este obstáculo no hay mayor problema para llegar a la cumbre. La dificultad de este último escalón varía cada año en función de la cantidad de nieve caída y, a simple vista, esta temporada no presentaba excesiva dificultad. Pero algo no gustó a Mingma y en ese momento me comentó que se daba la vuelta. Argumentaba que sus piernas estaban agotadas y que no le quedaban fuerzas para llegar a la cumbre, aunque sospecho que su negativa se debió más a la tormenta que se avecinaba que a su debilidad. Quedamos en que nos encontraríamos en la tienda del Campo 4, nos dimos un abrazo y continué.

Superar el escalón no me supuso gran esfuerzo. Una trenza de cuerdas de expediciones anteriores me ayudaron a subir, aunque el verdadero obstáculo fue el precipicio de 3.000 metros que hay hacia el lado norte, auténtico desafío para cualquier equilibrista. Cuando me descubrí ascendiendo el escalón tuve la sensación de que estaba en un escenario que no me correspondía. Había escuchado tantas historias sobre este punto mítico del alpinismo que me costaba sentir que ahora era yo quien lo estaba escalando. Sólo restaba atravesar la cornisa que sirve de pasillo hasta la cumbre.

Veinte minutos más tarde apareció ante mis ojos una pequeña plataforma de unos veinte metros cuadrados sobre la cual había un pequeño grupo de alpinistas. Había llegado a la cumbre del EVEREST. A las 8:00 de la mañana pisaba el techo del mundo, emocionado mis rodillas se doblaron automáticamente. Alguien que ni hoy podría reconocer me abrazó y nos dijimos mutuamente “congratulation”. Necesitábamos exteriorizar la emoción pero no teníamos a nadie conocido con quien compartirlo. El abrazo fue intenso y sincero, pero me faltaba mi compañero de cordada, me faltaba Javi, mi cómplice. Me preguntaba dónde estaría, si le faltaría mucho para llegar.

Nada más alto alrededor. No hace falta brújula para orientarse en la cumbre del EVEREST; al norte la gran llanura del Tibet, al oeste y al este más montañas, pero todas más bajas, al sur fértiles valles. Desde la cima del Planeta no se ven fronteras, no se ven las líneas que enfrentan a tibetanos con chinos, a palestinos con israelitas, a hombres contra hombres. Sólo se ve tierra, sin divisiones.

Necesitaba compartir la cumbre con alguien, es curioso, pero quería gritar al cercano cielo que estaba allí, decirle a alguien conocido que había llegado. Saqué el teléfono satélite de la mochila y llamé a mis padres. Entre lágrimas y llantos pude decirles que lo habíamos conseguido y desde el otro lado sólo oía sollozos y gritos de alegría.

Ahora me sentía acompañado, sentí que Canarias estaba arriba. Esperé hasta que llegara alguien para que me pudiera hacer las fotografías. Saqué la bandera y con lágrimas en los ojos y el corazón a mil, posé con orgullo.

Hubiera eternizado el tiempo de la cumbre, pensando y sintiendo, pero “la cumbre es la mitad del camino”. A medida que descendía me iba encontrando con alpinistas. Intentaba reconocer a Javi en cada uno de ellos, pero no pude verlo hasta que llegué al Campo 4. Dentro de la tienda estaban él y Mingma. Entré y nos fundimos en un abrazo, lo habíamos conseguido. Me explicó que a 8.500 metros se notó con deficiencias respiratorias y que ante la inminente tormenta no estaba seguro de que le diera tiempo de hacer cumbre y descender. Pueden estar seguros de que una de las decisiones más duras de un alpinista es darse la vuelta a escasos metros de la cumbre, más en el EVEREST. Dura pero sabia decisión la de mi compañero de cordada, pues tras de mí, a medida que descendía comenzaba a nevar.

Pasamos la noche del día 17 en el Campo 4 y al día siguiente bajamos directamente hasta el Campo Base, sólo aquí podríamos celebrar la cumbre. Descendimos 3.000 metros en una jornada, agotados por la acumulación del cansancio sólo pensábamos en reunirnos con Jorge que nos esperaba con los brazos abiertos.

Hoy, en la seguridad del Campo Base me siento orgulloso de ser un isleño que ha tenido la suerte de estar a 8.848m. durante un rato. Soy uno más de tantos canarios que con tesón e ilusión he logrado cumplir un sueño. También mis abuelos se dejaron la piel en Cuba y en Venezuela pero por otros motivos, por la búsqueda de un sustento. La propia idiosincrasia de nuestras islas nos ha convertido en luchadores por naturaleza. Dedico la cumbre del EVEREST a todos los canarios, emprendedores, luchadores, soñadores, conquistadores de lo “inútil”.

Hoy me siento un hombre especialmente feliz por haber logrado un sueño que tuve de niño, que llegue a perder de adolescente y por el que he luchado de adulto. Gracias a todos los que nos han ayudado, a nuestros patrocinadores y colaboradores, a los amigos y especialmente a nuestras familias por su incondicionalidad.

No puedo contener mi alegría y lloro. Por el mismo rostro que hace horas soportaba el frío bajan lágrimas de añoranza por una tierra que me dio la vida y me dio la oportunidad de cumplir uno de los sueños más bonitos que jamás tuve.

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